DE CANTAORES Y CANTAORAS

J
  JUAN TALEGAS

Juan Agustín Fernández Vargas, nació en Dos Hermanas el 12 de febrero de 1891 y murió el 31 de julio de 1971. Fue un autentico maestro del cante por martinetes y carceleras, aunque también dominaba otras formas de Tonás, siguiriyas, soleares y bulerías.Era hijo de Agustín Talega, sobrino de Joaquín el de la Paula y primo de Manolito el de María.Perteneció a una importante familia gitana del flamenco, sin la cual no existiría seguramente la escuela de cante genéricamente conocida con el nombre de Alcalá.Aunque se desconocen sus nombres, los primeros cantaores de la dinastía hay que situarlos entre los pioneros. Decía el propio Juan que su tío Joaquín el de la Paula, había tomado el cante por soleares, que él inmortalizó de su padre, Agustín Talegas, hermano de Joaquín. Agustín lo aprendió de su padre, José Fernández Torres, el Gordo. “Según mi padre, su abuelo, mejor que su abuela…” Es decir, que se sabe que cantaban, seis generaciones de Gordos/Paula/Talegas, de los cuales Juan, un hombre todavía nacido en el XIX, pertenecía a la última.
Juan Talegas, poco antes de su muerte, unos meses, contaba anécdotas de extraordinario interés para conocer los ambientes cantaores de la época y anteriores a él: “Mi padre no cantó en público nunca. Lo hizo en reunión. En la reunión gitana. Porque entonces los flamencos tenían el prurito de no cantar en las fiestas de los castellanos, de los payos; independientemente de los amigos que tuvieran, no entraban. Por eso, cuando el cante salió a la calle, al público, cuando se dio a conocer, no estaba enterado nadie…”
Agustín Talegas, pues, según su hijo Juan, no cantó nunca fuera de la reunión gitana a pesar de que muchos lo intentaron. “Yo oía a mi padre mucho, porque el único aficionado de casa, de mis hermanos, era yo; y le oí cantar por que venía la familia; por eso aprendí muchos cantes de mi padre…”
De ahí que fuera más conocido su tío Joaquín el de la Paula, porque a veces cantaba en público. “Pero mi padre era mejor cantaor, mejor siguiriyero; más que solearero. Interpretaba mucho el cante de Tomás el Nitri, porque vivió en casa de mi abuelo en Alcalá tres años. Mi padre estaba entonces soltero, y claro le oyó con admiración. Era buen aficionado. De oírle diariamente, se enteró de todo lo relacionado con el Nitri, hasta el extremo que decía Tomás: “cuando yo me vaya de por aquí, entonces vais a ori como canta Agustín…”
Juan Talegas fue un cantaor típico de su tiempo, para quien la profesionalidad no significó nada hasta ya avanzada su vida.
El no vivía del cante, sino de otra profesión, el trato del ganado. Hasta 25 o 30 años antes de su muerte no se dedicó exclusivamente al flamenco. Antes cantaba, ciertamente, pero solo en fiestas y reuniones de amigos, a las que le llamaban con mucha frecuencia. “Iba mucho a Utrer
a, iba mucho a Triana; yo tenía unos compadres, unas cosas; o venían a buscarme, o me llamaban, en fin, que estaba mucho en Triana, y yo me penetré mucho del cante de Triana, mucho, mucho, mucho, quizá mejor que toa la gente que estaba por aquí…”
“El cante bueno duele, no alegra, sino duele, decía Juan Talegas. Por eso el cantaor más grande para él, fue Manuel Torre. “Yo no he oído, que me duela a mi fuerte, a nadie más en el mundo. Manuel hacía unas cosas… Manuel Torre hacía unas cosas que no tienen explicación…”
Manuel Torre, precisamente, dijo del cante de Juan que tenía rasgos negros. Siempre esa connotación de oscuridad, de negritud, que está presente en el cante más profundo de esos gitanos del pasado; un cante que ya es reliquia, que raramente se puede escuchar en nuestro tiempo.
Insistía mucho Juan Talegas sobre la excepcionalidad del cante de Manuel Torre: “Todo lo que diga la gente es mentira. Hacía una cosa tan propia que no se parecía a nada ni a nadie. Manuel barajaba cuatro o cinco cantes por soleares, ¡na más!, cuatro o cinco cantes, ¡chiquillo!; ¡pero los decía de una manera que te volvías loco! Los oías una vez y no se te quitaban de la cabeza. Un eco, un ¡ay! Tan raro, una cosa, no se parecía a nadie. Antonio Mairena, que de verdad es un fenómeno, es un cantaor, el más largo que yo he oído, el mejor, pero no me duele como me dolía Manuel. Tenía un sonido, un sonido…”
Se introdujo Juan Talega en la discografía ya en su vejez. Sin embargo, según testimonios que nos han llegado, era a sus treinta años cuando cantaba de manera extraordinariamente increíble. No obstante, las grabaciones que tenemos de él, sirven de modelo del cante gitano más puro.
Talega se convirtió en el principal inspirador de Mairena para la restauración de algunos estilos olvidados o a punto perderse, que éste pudo reelaborar a partir de los recuerdos fragmentario de aquél. La amistad con Antonio Mairena fue providencial para que su sabiduría cantaora no se extinguiera en él mismo. Los dos se admiraban mutuamente, y los dos ganaron sin duda en una relación íntima que duró años. Pero quien ganó sobre todo fue el flamenco, porque de no haberse encontrado Talega a Mairena seguramente se habrían perdido para siempre algunos estilos que el segundo pudo poner en pie gracias a los recuerdos, a veces extremadamente vagos, que al primero le quedaban de ellos.
Pese a todo Juan no creía que se hubiera recuperado mucho cante. Salvo en la gama de las Tonás. "De las tonás chicas se han recuperado muchas. Casi nadie, casi nadie, casi nadie sabe cantar por martinete. Por martinete no sabe cantar nadie. Porque cree la gente que por tener fuerza se canta por martinete. No. Es la música del martinete. ¡Como todo! Yo oí una toná, que es muy chica, que no la dice casi nadie. Es muy bonita, pero difícil..." Está Toná es la que él cantaba con la letra "Me llevaban a mí en conducción..." Otra Toná muy hermosa que se recuperó por que Juan Talega la movió mucho, es aquella que dice: "Habían tocao el toque de silencio..." pero no haciéndola larga, sino corta.
Siempre que se evoca a Juan Talega, eta faceta de transmisor de un acervo cantaor vinculado a una familia, la suya, ya una época pretérita, se destaca como fundamental. "Repartió su sabiduría popular cuando hizo falta que lo hiciera" - escribe Manuel Ríos Ruiz- "se sentó ante el público a cantar para dejar razón de unos estilos básicos, para que no se perdieran los sones de una sangre, los sentimientos ancestrales de una ralea."
El cante que hacía Talega nunca pudo ser el mismo que circulaba por los circuitos comerciales de su tiempo, cuando lo que imperaba era la Ópera Flamenca. Implantó su magisterio con generosidad, como ha contado el pintor, flamencólogo y letrista Francisco Moreno Galván: "Allí, en Dos Hermanas, en las calientes noches del sur, Juan Talegas solía sentarse en la puerta de su casa, en una silla baja, con una vara de acebuche en la mano, con la que apuntaba, indefectiblemente, un ritmo de soleá. Allí llegaban muchas veces, para sentarse junto a él, los grandes del cante. Iban para recoger algún retazo de su magisterio, para que les iniciase en su gran secreto... Igual que los antiguos iban a las grandes cuevas sibilinas para impregnarse de los viejos secretos. La voz de Juan Talegas era la voz de los padres antiguos". Él no subió a un escenario hasta que fue casi septuagenario, y un precioso texto de Antonio Gala es testimonial: "Juan Talegas, con su 'facies leonina' de leproso milenario, estaba allí, en escena, acorralado, falseado, limpiándose la esfinge reseca que tenía por cara con un pañuelo grande. Estaba allí y no estaba. ¿Cómo iba a estar, de verdad, un león en un teatro? Hay animales que no se reproducen en cautividad. Un león nacido en la jaula de un zoo tiene melenas, zarpas, cola batiente y ojos enojados. Pero, ¿es todo eso solo lo que le hace león?"
Juan Talega hereda de su padre tanto el apodo como el oficio de trata de ganado y su tremenda afición por el cante. Se casó con Casta Fernández, hija de su tía Carmen la del Gordo, tuvieron cuatro hijos de los cuales solo José El Verde tenía fama de notable cantaor. A lo largo de su existencia participa en innumerables juergas y fiestas privadas dentro de su zona natural, Triana, Alcalá, Utrera, Lebrija, Morón y por supuesto en las de su pueblo natal, sintiendo una enorme predilección por las organizadas en torno al Gran Diego del Gastor, donde su sabiduría jonda alcanzaba cotas inenarrables. Aparte de las soleares de su familia, a Tío Juan le debemos la transmisión y divulgación de algunos de los cantes de Tomás El Nitri, los Caganchos, los Pelaos, La Andonda, Paco La Luz, El Loco Mateo, Manuel Torre y Enrique el Mellizo. También facilitó la levadura para que el maestro de Mairena pusiera en pie varios cantes que estaban en extinción, acompañándolo también allá donde hubiere un gitano viejo que aportara algún matiz perdido a recuperar. Convencido por Antonio Mairena en 1.958 se incorpora a los festivales cuando contaba 67 años de edad y uno más tarde se presenta en el Concurso Nacional de Córdoba donde obtiene los premios correspondientes a siguiriyas, soleares y tonás. Juan Talega había vencido ya su dificultad a la hora de acoplarse a la guitarra dado que la mayoría de las fiestas en que participaba no siempre utilizaban este preciado instrumento, cantándose a palo seco la mayoría de las veces. También de la mano de este, entra en los estudios de grabación de la casa Columbia para impresionar su enjundia cantaora que saldría en la mayoría de los casos en discos conjuntos. Forma parte del jurado que en 1.962 otorga la II llave de oro del cante a Antonio Mairena y se convierte en el más fiel divulgador de las tesis mairenistas.
En 1.967 los aficionados de Morón premian su predilección por esta tierra homenajeándolo en la ciudad del gallo al que se suman numerosas figuras del arte y las letras, al igual que el que se le tributó en la capital de España, en 1.970, en el Teatro de la Zarzuela, no pudiendo asistir por encontrarse enfermo, entre los que sí acudieron estaba el clan de los Mairena al completo. Juan Agustín Fernández Vargas, que no Juan Talega, deja de existir en su misma localidad natal, el 31 de julio de 1.971. En 1.980 la corporación nazarena coloca un mosaico en la fachada de la casa donde vivió. Ese mismo año se inicia en dicha localidad el festival flamenco que lleva su nombre. En 1.987 la Peña Flamenca Juan Talega en el X aniversario de su creación, le dedica su primera semana cultural, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, siendo todo un alarde de organización y participación.